RELATOS & CUENTOS

RELATOS

HISTORIAS DE FAMILIA

La Patria a flor de piel

LUCÍA FERNÁNDEZ DE NÚÑEZ, MEDIA LUNA, CUBA,

DICIEMBRE 2, 1956

Era un mañana fresca, de aquellas que, al amanecer, el campo huele a tierra fértil. El olor a melaza de la molienda inundaba el ambiente. Empalagoso y profundo. Según la historia éramos “latifundistas”.

Era domingo y sonó el teléfono. Contesté. Llamaba el administrador de Belic, una de nuestras fincas, cerca de Cabo Cruz, en la Provincia de Oriente, al sur de Cuba. Tenía una playa llamada Las Coloradas, de arena blanca y un mar infinitamente azul, ubicada a 50 kilómetros de Media Luna, donde yo me encontraba, en el ingenio azucarero Isabel B.

Me informó que desembarcaban 82 hombres de un barco llamado Granma. Junto con el, probablemente fui yo la primera persona que supo que Fidel Castro había regresado a Cuba de su exilio en México después del fallido golpe del Cuartel Moncada de 1953. Había organizado su insurrección armada y venía a instaurarla. Con la ayuda de Celia Sánchez, hija de un destacado odontólogo de Manzanillo, Fidel subió a la Sierra Maestra.Yo

Yo tenía 27 años, 4 de casada con Gonzalo Núñez Beattie, y una hijita de 3 años. Tuve la suerte de pertenecer a aquella familia, liderada por una mujer fuerte, el tronco de una generación que fue testigo presencial de la tragedia que durante los próximos 3 años, acabó con aquella Cuba que no sólo amábamos los cubanos, también todos aquellos que la conocieron.

La actividad de la familia Núñez Beattie comenzó con los hermanos Beattie Brooks, hijos cubanos de Richard Hudson Beattie, un escocés que ejercía como cónsul británico en Santiago de Cuba, mi ciudad natal. Hacia 1880 se instalaron en Media Luna y en 1886 concluyeron la construcción del ingenio azucarero Isabel B en el  pequeño pueblo, que se había desarrollado al compás de la zafra azucarera y del cultivo de la caña de azúcar. Nació la Vicana Sugar Company.  El Isabel B  tuvo su primera zafra en 1887 y su última molienda, 72 años después, en 1959 con la llegada de la Revolución.

Las actividades de los Beattie Brooks crecen durante el Siglo XIX, con negocios navieros, mineros, madereros, ganadería y actividades agrícolas. Con los años, Richard, el mayor de los hermanos, se encarga del emporio familiar.  Era un investigador de sólida formación intelectual y esmerada educación, botánico de profundos conocimientos, pero sobre todo, un empresario audaz. Contrae matrimonio, a los 44 años, con Caridad Hernández, la joven viuda de un destacado General, prócer de la Guerra de Independencia cubana, que ya tenía dos hijos varones.

Nace su única hija María Magdalena Beattie en el año 1900, la madre de mi marido Gonzalo, el menor de los 4 hermanos Núñez Beattie, la cuarta generación de los escoceses venidos al Caribe en el siglo XIX.

El mayor legado de Richard Beattie a su patria fue la creación de la primera variedad de caña de azúcar autóctona de Cuba. Un acucioso investigador, instala una zona experimental para sus estudios detrás de la “Logia de Los Caballeros de la Luz”de los Masones. Logra resultados excepcionales con un rendimiento tal que producía un 33% más de azúcar, convirtiéndose en la variedad más extendida de la industria, impulsando a Cuba a ser una de las mayores exportadoras de azúcar durante buena parte del siglo XX.

Tres años después del desembarque Fidel  toma La Plata, otra finca ganadera de la familia, convirtiéndola en un nuevo escenario de la Revolución, al proclamarla “territorio de Cuba libre”, desde donde dirige sus primeras acciones.

Sin la protección del ejército, la implementación de la  Ley de la Sierra Maestra, los fusilamientos y robos, la quema de la caña por los milicianos, un gobierno militar corrupto, cuyos soldados no querían combatir a la guerrilla en la Sierra Maestra, mientras los generales bebían y jugaban póquer, intuimos que pronto el exilio sería el único camino.

En medio de los juicios políticos y los fusilamientos , el Isabel B, tuvo su última molienda. El 30 de abril de 1959, Gonzalo llegó a casa armado. No tuvo que decirme nada. Sólo pregunté ¿por carretera o avión?  Por carretera contestó, nos esperan en el aeropuerto de Manzanillo para apresarnos. Debemos llegar a La Habana. Tomamos nuestros documentos y abandonamos nuestra casa. Más nunca volvimos a nuestra Patria.


6 Coleccion IMarie Nunez
ISABEL MARÍA NÚÑEZ FERNÁNDEZ, CARACAS, VENEZUELA,
DICIEMBRE 6, 2015

Mi perra Lola, mis bambis… el señor Flores que cuidaba mi caballo, los perros de mi papá, el jugo de cana y la azúcar morena, Media Luna…Isabel.

Siempre me pregunté el origen de mi nombre: Isabel María. El María lo sabía. Mi abuela paterna, mujer excepcional, casada con un médico y político, senador y firmante de la primera Constitución cubana: Delio Núñez Mesa, mi abuelo. ¿Y el Isabel? Con el tiempo supe que provenía de mi tatarabuela, María Isabel Brooks, casada con el Cónsul de Gran Bretaña en Santiago de Cuba.

Recuerdo el vuelo en Cubana de Aviación, con mi caja de Kleenex padeciendo una terrible alergia. Ya adolescente supe que la alergia se debió a que mi mamá me frotó la nariz con pimienta y que la caja contenía los 50,00 dólares con los cuales iniciamos nuestra vida en el exilio.

Mi madre tenía 30, mi padre 37, un nuevo hermanito de 6 meses y yo tenía 6 años, todos exiliados de la Revolución Cubana. Llegamos a una tierra que sería nuestro hogar por los próximos 10 años. Una nación que nos acogió: los Estados Unidos de América, mi país de crianza en los años 60. Allí nació mi hermanita mas pequeña.

Durante el verano de 1969, mi padre decidió que nos mudábamos a Venezuela. Yo ni sabía donde estaba en el mapa. Al preguntarle me dijo: “al norte de sur América”.  Parecía un slogan. Tenía 16 años.

Venezuela se convirtió en mi patria por adopción. La amo profundamente. Hoy es víctima de otra revolución comunista. Cincuenta y seis años después, pareciera que los karmas políticos también son hereditarios en las familias.

No puedo seguir escribiendo, pues es 6 de diciembre y voy a votar para llevar a mi patria, Venezuela, hacia un sendero de libertad.

7 Coleccion IMarie Nunez

FIN

Relato participante
 II CONCURSO “HISTORIAS DE FAMILIA”  CONVOCADO POR LA FUNDACIÓN ESCRITURA  Y  TALLERES DE ESCRITURA CREATIVA FUENTETAJA Y FILMIN, MADRID.
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Enero 2016

CUENTOS

LEYENDAS URBANAS

Leyendas Urbanas

¿ DÓNDE ESTÁN LAS PUTAS LLAVES ?

Version 2

¿Dónde están las putas llaves?”  pienso mientras hurgo en mi cartera caminando hacia la camioneta.

Ha sido un día intenso. ¡Estoy tan cansada! Los pies me duelen, los tengo fríos y mojados. Pero, el evento había sido un éxito y todos estaban felices, a pesar del torrencial aguacero que arruinó el final y le dio un cierre dramático al estilo “Titanic”. Los últimos invitados terminaron encaramados sobre las mesas acompañando al músico que, protegido del agua por 5 escalones, interpretaba la mítica melodía. Los más cuerdos veían la escena desde las escaleras. Los desagües de la vieja casa de Los Chorros, que fungía como locación, no fueron suficientes para tragar toda el agua que bajaba de El Ávila y que siguió su cause inexorable, hasta inundar la sala donde ya casi finalizaba el bautizo. El caudaloso aguacero, que apenas duró una hora, puso fin a la celebración. Por fortuna, sólo quedaban los más íntimos y la familia, todos borrachos, por lo cual el lamentable suceso se convirtió en una diversión surrealista que ocupará un sitial privilegiado en las leyendas urbanas familiares.

Ya en la camioneta, conducida por el amante de mi cliente, la abuela del recién bautizado, busco mis llaves nuevamente, a ciegas, en mi gigante cartera negra que reposa sobre mis piernas. Apiñados en el asiento trasero, pues nos acompañan la tía y el bautizado, sentado sobre las piernas de su madre, la búsqueda es una hazaña. No aparecen. Sacudo la cartera para ver si las escucho, pues son un mazo grande y generalmente la técnica funciona en situaciones como ésta. Nada. No suenan.

“¿Dónde están las putas llaves?” 

Ya preocupada por la situación, se lo comunico a todos.

—¡Amigos, no encuentro las llaves de mi casa!  Grave.  No tengo como entrar.

—¿En serio? —contestan todos al unísono, ahora también preocupados, pues esto puede complicar la noche un tanto más.

—¿Buscaste bien? —pregunta la abuela de la criatura, desde el asiento delantero, imposibilitada de voltear, por estar atada con el cinturón de seguridad, y aunque no veo su expresión, su voz denota terror.

—Sí, estoy segura. 

Silencio. Ha comenzado a llover nuevamente. Son las 12 de la noche.

Al llegar a nuestra primera parada, donde se quedarán la tía y el recién bautizado con su madre, vacío mi cartera con la esperanza de encontrar las putas llaves. Nada. Decido sacar de la maleta el carrito de ruedas, color naranja fosforescente, que contiene el sin fin de artilugios que las productoras siempre llevamos cuando estamos de faena. Busco con nerviosa serenidad. Nada.

 “¿Dónde están las putas llaves?

—¿Qué hacemos? —pregunta mi cliente, ahora verdaderamente alarmada ante la complicación, en medio de la lluvia persistente —¿crees que se te hayan caído en la casa?

—No creo, —le contesto— vayamos a lo seguro. Llamaré a mi señora de servicio que tiene llaves de mi casa e iremos a buscarlas. Mañana me ocuparé de las mías. A esta hora ya no debe haber nadie en la locación.

—¿Y dónde vive?  —pregunta ahora aún más inquieta.

—En los bloques de Misión Vivienda que están detrás de Parque Central en la Avenida Bolívar —le contesto con voz compungida, temiendo que me diga que debo pernoctar en su casa para ocuparnos de las llaves al otro día en la mañana.

—Vayamos —dice el amante decidido, quien probablemente no me quiere como invitada de pernocta en un pijama party durante una noche como ésta.

Llamo a mi señora de servicio con el último poquito de pila que me queda en el celular, explicándole la situación, pidiéndole que baje a la calle a entregarme sus llaves y acordando que le avisaré cuando esté cerca, para no tener que esperar estacionados a esta hora en la zona, que es un tanto peligrosa. Nos enfilamos hacia la Avenida Bolívar.

av-bolivar

Ya con unas llaves para poder entrar a mi casa y habiendo atravesado el centro de Caracas, a las 2 de la madrugada, finalmente, llegamos a mi calle. Bajo del carro para abrir la puerta peatonal, pues no tengo el control del portón eléctrico. Está en mi llavero extraviado. Abro con las llaves prestadas la reja que da acceso a mi propiedad.  Hay un papelito blanco doblado insertado en la puerta. 

Lo desdoblo.  En buena caligrafía dice: “Vecina, no se preocupe por sus llaves. Las tengo en mi casa.  Venga a buscarlas cuando llegue, Francisco”.

—¡Aparecieron las putas llaves! —grito sorprendida.

Las había dejado pegadas a la puerta al salir apurada, el día anterior, a las cinco de la madrugada.

FIN


“Vísteme despacio que estoy apurado”.

NAPOLEÓN BONAPARTE